Una parcela de 3 hectáreas dentro de un padrón fraccionado de 772 hectáreas garantiza algo que en la ciudad es imposible: privacidad visual total. No hay vecino a la vista. El monte, el pasto y el horizonte son lo que rodea a cada casa.
A esta escala, la relación con el territorio cambia. El campo no es el fondo de la casa: es el contexto que la define. La arquitectura no puede ignorar el relieve, las vistas o el viento. Tiene que responder a ellos.